viernes, 19 de mayo de 2017

1 POEMA MÁS DE CARLOS ENRIQUE CARTOLANO


pincel espejo


te expresa el juego de luces lucian/  proyectás claros
cuanto trajiste y lo que llevo: un arte puesto de frente
es misericorde dicen
                               después el canal del brazo izquierdo
y en la punta del pincel los dos niños son gozo
juegan a encontrar la única palabra/ lucian no interesan
las herencias/ todo es hoy en el reflejo

el arte dicen es hendir en halos/ hurgar más allá
de propia imagen/ consiste dijeron en derrota de academias
y después toda tu vida habitar las herramientas

sos lucian y el reflejo sosiega calendarios/ del borde vas
a flote de cuanta luz quepa en el marco
es dicen el modo de existir


Carlos Enrique Cartolano (Buenos Aires, 1947)
Fuente: Guía Lucian Freud, Carlos Enrique Cartolano, Editorial El Mono Armado, 2016.

4 POEMAS DE CECILIA PAVÓN





DESEO

¿Cuántas formas de deseo existen? ¿puede ser que tantas?

¿No podría llegar un milagro, a través del cual yo cerrara
los  ojos y simplemente te encontrara besándome y eso
cargara sobre sí la marca de la eternidad o el infinito?

Pero debe haber tantos deseos como formas: cuadrado,
con forma de flecha, redondo, triangular, con puntas,
con aristas, vertical, deshecho, inanimado.

Todavía recuerdo el momento en que el amor parecía
posible: mes de noviembre, aire luminoso, un muchacho
dormía conmigo,
hablábamos en la cama mientras fumábamos marihuana
y tabaco mezclados, él me tomaba la mano
bajo las sábanas.

Hace seis meses que no he besado a nadie.
Seis meses sin hacer el amor. Tengo 27 años,
desde los 18, nunca antes me había pasado.

Mi cuerpo en estado de alerta, podría usar muchos verbos
para describirlo paredes que se levantan
y que vienen a poblar especies de hiedras mentales.

Es otoño, lamento que se acerque el invierno.
Siento que me deben un verano.




TRENZA

Y pensé que mi día es como una larga trenza de pelo negro y sedoso
y dentro de esa larga trenza está este libro en el que caen las palabras
un día tengo fe
un día pierdo la fe
un día tengo fe
un día pierdo la fe
y en el día se trenzan la fe y la falta de fe
la fe y la falta de fe
la fe y la falta de fe.





ÁRBOL

Cuando te enamorás el mundo
se vuelve un lugar tan sensual que te lastima
el amor no se puede conjugar en pasado
y de repente un árbol oscuro crece en el living de tu casa

Recorrerás las ramas de ese árbol para siempre,
Y siempre será un milagro.





MP3

Bajo toda la música que me dicen
y me gusta toda la música
pero la que más me gusta
es la que escuchamos juntos
(mentira).





FIESTAS

Fiestas fiestas fiestas fiestas y más fiestas
no sé cuándo se terminarán las fiestas
sueños sueños sueños sueños sueños y más sueños
no sé cuándo se terminarán los sueños
realidad realidad realidad y más realidad
no sé cuándo se terminará la realidad
siempre me pregunto
qué es más real?
esto o aquello?
esto o aquello?

esto o aquello?


Cecilia Pavón (Mendoza, 1973)
Fuente: "Un hotel con mi nombre", Cecilia Pavón, Editorial Mansalva, 2012.

miércoles, 17 de mayo de 2017

3 POEMAS DE RITA GONZÁLEZ HESAYNES


La cena de los monstruos

Esa noche vinieron los monstruos a buscarme.
Les destrocé la tráquea y los fui amontonando
en un trance salvaje en la cocina.
Afilé las cuchillas, despellejé los cuerpos
y herví su carne en grandes ollas grises.
Por las habitaciones circulaba un aroma
siniestro y delicioso. Sobre un mantel a cuadros
con cubiertos de plata los devoré en silencio
y fueron agridulces los bocados, lo juro,
algunos tenían sabor a viaje y a trofeo y a brote,
otros a grillos muertos y teatros vacíos
y todo lo comí, como si no hubiera
otro pan en el mundo.

Porque acaso no haya otro pan en el mundo
que los monstruos.






Aria

levántate, amor mío
ven a la ventana
mira caer la lluvia sobre el pueblo
escucha estremecerse el ramadío
canta con todas las criaturas
el aria de la vida
déjame asir tu mano
es corto el día
pronto se aquieta el pájaro
una oscura fragancia se apodera del mundo
alguna vez contemplamos un rostro
y comprendimos la hondura de la muerte
el rostro del estanque
el rostro de esta lluvia
tu rostro entre los rostros todos
ninguno de nosotros ha de perdurar
y aquí tras la ventana
la eternidad entera se desnuda
para quien tenga los ojos del eterno

tantos cristales hemos fabricado
tantas lentes complejas
tantos caleidoscopios y vitraux
para filtrar la luz ilimitada

incluso entre nosotros
se levantan ventanas, amor mío

qué más puedo decirte
acércate, levántate
mira caer la lluvia
con violencia en el pueblo
y más allá silencio
y más allá galaxias
y más allá una oscura fragancia
se apodera del mundo
en todas partes está la eternidad para el eterno
y nosotros apenas una lluvia que cae
para el amor que observa en la ventana

qué angustiosas y bellas nuestras vidas
las historias, las artes que apañamos
para declamar nuestra existencia
–ah, la magna ironía–
qué más puedo decirte sino
ven, acércate, amor mío, a la ventana

mira caer la lluvia sobre el pueblo




El amante suplica una gracia

apártate de las garras de las cosas
y ven a posarte aquí en la ventana
como un ave jurásica
esbelta y solitaria
ante esta misma lluvia
que tantas eras hace
enjoyaba las rocas con idénticos átomos

mira las alturas como has mirado siempre
los domicilios de los hombres
los palacios de los himenópteros
la arena multicolor en la tormenta

háblame
transfórmame
quiero que me conduzcas
a la sabiduría
cuéntame de la lluvia
de la enredadera que se niega al verdor
de la destrucción y la creación
y el nuevo orden mundial
y el precio del platino en occidente
pero sobre todo de la lluvia

cada gota se arroja
de la masa imprecisa de los nimbos
para recordarnos nuestro amor absoluto

hemos cambiado sin vergüenza de pieles
nos hemos enlazado a través de los ciclos
con todas las gotas de este mundo
es preciso acordarse, avezuela jurásica
de los días antiguos
de la lluvia sagrada que conoce
los nombres sempiternos

apártate de las garras de las formas
aprende a comandarlas
como el tiempo y el ciego
con la palabra dulce del amante
que suplica una gracia

enséñame las técnicas secretas
para enjoyar las rocas
en las sendas mundanas

sobre el pueblo tu sombra se proyecta en el cielo
reconozco tus ojos en la lluvia

tantas veces seremos una esfera imperfecta
girando en el espacio
y tantas veces no

observa con fijeza el ojo único que me brilla en la frente
que se mire a sí misma la lluvia y el planeta
y el astro y la materia oscura que llevamos a cuestas

recordémonos como siempre hemos sido
arenilla que el océano criba
fundida y refundida
en el tibio crisol de los terrestres
en jarrones y copas y ventanas vivientes
cristalería proteica que refleja los soles
recipientes mortales de la lluvia



Rita González Hesaynes (Azul, 1984)

lunes, 15 de mayo de 2017

1 POEMA MÁS DE LUCIANA JAZMÍN CORONADO Y UNA YAPA





EL POZO


caigo en un pozo

el amor de mis padres
va y viene
de un brote verde
a una herida
que se lleva en cicatriz

me encuentro con la tierra
y de un punto de luz
crecen hiedras blancas
lentas hacia mis brazos

pienso que de oro serán los tilos
de viento, las aves

luego de días de calma
encontraré la hierba



Luciana Jazmín Coronado (Buenos Aires, 1991)
Fuente: Catacumbas, Luciana Jazmín Coronado, Valparaíso ediciones, 2016,





LA YAPA: 

JOTAELE ANDRADE ESCRIBE SOBRE CATACUMBAS



Catacumbas: tres instancias talladas con un diamante

La lengua es la patria de los desposeídos. Un no-lugar que aglutina todos los lugares, toda la memoria de lo vivido y lo imaginado. En este libro, magnífico -voy a adjetivar así, sin más, porque lo es-, la lengua construye una voz poética de un lirismo maduro, contenido y de talla diamantina. A su vez, esta voz poética construye un viaje en tres instancias, a través de las ruinas de una casa que explotó; a través del jardín de otra casa cuyo universo es casi exclusivamente femenino y frágil; y, por último, a través de una calle cero: es decir un no-lugar todavía. Aquí la lengua da su rodeo, vuelve a sí misma en el paralelo cero de quien todavía está construyendo su memoria.

La primera instancia es una casa donde estalló una bomba: “hermanito,/ sentí una luz antes de la explosión/ era el mar incrustado en nuestras cabezas”.

Por fuera queda la devastación, por dentro el pensamiento es una tierra invadida por el mar. Esta imagen se ligará luego en la tercera y última parte, cuando esta casa devastada sea un recuerdo al que se vuelve y el yo poético se encuentre “de mar, de mar en mar” aferrándose “a las costas/ y a la prisa de la espuma/ que envuelve/ el pellejo del planeta”. Si en la tercera parte se inicia el viaje desde el grado absoluto de la voluntad, la poesía también advierte que el futuro es  tiempo que ya está retornando en su espuma. Es una advertencia, quizás, para la poeta.

Los que se quedan son los habitantes de la tragedia. Es el que se es para siempre y, a un mismo tiempo, una capa en la cebolla. Si un hombre es todos los hombres, quien se ha sido se es siempre. Somos la niña que construye y deconstruye a su padre, quince años después. Somos la adolescente que “ha perdido sus partes internas” diez años después. Eso dice, por lo bajo, el yo poético: que se persiste como las ondas en el agua aun cuando la piedra hace rato que yace en el lecho del estanque.

¿Quiénes son los habitantes de las ruinas que viven sobre los vidrios triturados y que comienzan a excavar en roles forzados, incómodos para así poder acomodarse bajo el peso de todo lo roto?
Una niña, un padre, un hermano, “la esposa de mi padre”. Todo esto da “una familia de yeso”. Una imagen precisa y violenta. Y quieta, oscuramente quieta ¿Qué puede vivir en una casa estallada sino la proyección de una imagen petrificada, hecha a imagen y semejanza de los que sueñan que se han ido o que se alejan en el mar de sus pensamientos?

“En esta casa no florecerán lirios/ no habrá música” sentencia la voz de Luciana Jazmín Coronado. Apenas habrá el tiempo como “pico de grulla al sol”, buscando entre las ruinas su alimento: los que se quedaron, los que se fueron.

¿Son efectivas estas ruinas? ¿Son reales? Esta familia vive en la intemperie de sí misma, construye cada día lo estallado y todos excavan su propia madriguera de estar, su ser parte de un rito que los agrupa en torno a una mesa donde se vuelven de yeso. En ese estado se quedan para siempre los que vieron estallar la casa. En ese estado son revisitados luego por sí mismos, sobrevivientes de la tragedia, por la memoria que a sí misma (y así) se edifica.

¿Por qué revisitados? Porque este es un libro que busca reunir en el futuro todo lo que se está haciendo memoria en el presente y lo que se perdió: la casa, la inocencia, el jardín avanzado por una naturaleza amenazante. Por eso el yo poético adelanta el rostro sucesivo del acontecimiento, busca recrear el mañana aun cuando lo acontecido continuará sucediendo como el agua “de mar, de mar en mar”.
Es, por eso, un libro de oscuras transmutaciones y mutaciones donde la naturaleza acecha y forma una alianza con lo sórdido de los habitantes, en el poema “Cena en las Heras” el yo poético muestra un rito de inversiones de un modo sutil pero no por eso menos trágico:

“Una flor enorme nace/ debajo de la mesa// sus pétalos absorben/ la voz tenebrosa/ de la esposa de mi padre/ mientras comemos// está cerca/ la escondo entre mis piernas/ (…) La cena está servida/ estoy seca/ (…) yo he perdido mis partes internas// antes de morir decido: conecto mi ombligo al tallo/ contemplo a mi familia de yeso”.

Tallo, yeso, remiten al jardín. Es el que vendrá en la segunda instancia. Hay dos casas para una misma existencia. Una está en ruinas, la otra tiene un jardín que algún día, merced a la temida ausencia, se transformará en un “baúl de flores”. Aquí la voz poética vuelve a construir una memoria del futuro, intenta desasirse del presente continuo donde la muerte se adelanta en los senos caídos de la abuela, en sus piernas hinchadas, en esa madre que deslee el presente al ir “hurgando en los libros/ la respuesta/ de lo que deja de ser” y en el tejido de una fe que no alcanza a cubrir eso que incesante deja de ser. Es un doble juego como si el punto corriera detrás de sí y diera el círculo que corriera detrás del punto.

El futuro está esbozado en la fuga del presente en forma de arcones o sótanos, ¿dónde si no, se guardan las cosas que se amaron, los objetos queridos que ya no se usan? Allí se convoca “un sótano de estrellas”, “un baúl/ de flores azules” que iluminará bajo la tierra (logradísima imagen sobre los muertos amados), pero, y esto es lo que tremola, sin que lo advierta aún, dentro de la voz poética, serán en el futuro las catacumbas que dan nombre al título. Es decir: de algún modo advierte pero todavía es un ovillo que desconoce su hilo.

Y sucede también, un modo de consustanciación de aprehendimiento de la otredad para aceptar que aún lo amado es ajeno, propio en su particularidad:

“mi abuela (…)/ sueño con abrir su cabeza/ una vez muerta/ para mirar/ sus pensamientos/ escondidos en cajitas// ordenados/ por tipo/ como mínimas joyas// sueño/ con encontrar esos cofres/ para aceptar por fin/ que ciertas cosas/ no nos pertenecen”.

Hay aquí también el gesto desesperado de religarse con lo otro, es un abrazo que funde, una lírica de desvaciamiento, que busca incorporar al otro en uno.

La tercera y última instancia del libro se para en la línea de lo que todavía no se ha enunciado: la línea de largada del viaje y con él la búsqueda, el encuentro (también con uno y con sus cofres que guardan lo vivido), con lo que se ha sido (“encontrarás tu sombra”, “la niña que fui/ ella vendrá de lejos/ atravesará cada sótano de la memoria”), lo posible y lo improbable. Bien cabe citar aquí el poema Ítaca, de Cavafis; de hecho las líneas finales del primer poema de esta última sección remiten al poema del griego: “serás extraña para otros/ pero tendrás tu minuto de amor”.

Es echar a andar el futuro para regresar a eso que ya no volverá, a ese que ya no se es pero que lo hace para “ser amado/ como los barcos que vuelven después de años” con todo el peso de la espera derrumbándose.

Catacumbas,  ganador del I Premio Hispanoamericano de Poesía de San Salvador, es un libro con una voz particular. Casi es posible decir que las voces internas que construyen la voz que canta en los poemas son inaudibles, lo que da un tono que pasa sobre lo que dice como el peleador oriental que pisara sobre papel de arroz. Tal es la ligereza en que se deslizan estos poemas. Pero no por ello son flácidos ni débiles. Por el contrario, son rotundos y exactos, como las pirámides. En esta doble dimensión Luciana J. Coronado se desliza por la poesía como los cuerpos femeninos de su libro sobre los camisones; éstos cubren el paso del tiempo, las imperfecciones, lo deteriorado, y dan su vuelo de tela estampada con lilas, con lunas; los otros lo hacen para envolver el peso de la palabra en lo liviano de un lirismo asombroso, lleno de imágenes sobrias y fulgentes.

sábado, 13 de mayo de 2017

2 POEMAS DE CARLOS NUÑEZ


EL CRUCE



La noche fue a gotas
calurosa, indomable.
Yo llegaba de países congelados
de planicies y roturas
de un dialecto sombrío
como los amantes incompletos de mis sueños
formados por aromas y abismos.
Y vos, imposible, sosteniendo la  mirada
al sol del cielo de tu pueblo
envuelta en la grandeza
de un perfume natural
que sólo podría rimar con ángeles
o con las piedras onduladas de los ríos
profundas, bajo el atardecer
 inalcanzables.
Ahí los dos en un cruce de caminos
mirándonos, bajo las estrellas
que se abren a la calidez de tu palma
donde finalmente puse mis dedos
hasta sentir que me rendía
a tus hombros y labios
a las únicas palabras que podíamos escuchar
sin aturdirnos.
Decidimos no hacer nada
ante la perfección del instante.
Era el cosmos entero
alisado en  un sólo cuerpo
por  las arenas secretas de los mares nocturnos,
el agua en gotas sobre la piel
   tildada de escalofríos
y el disparo brillante en el azul
como ráfagas eléctricas
                sin que importara nada más
                  que unirme a tu frente
a tus espectros
a las manos que giran entre sí
sin agotarse
como un nido de altura
en el  más peligroso y

  en el mejor de los paisajes.






Misiones



El cielo de la noche
mordiéndome los dedos
los sulfuros del hombre
en la terca altura de las estrellas
                               casi ahogado
abriendo y cerrando
recuerdos de niños y niñas
como manzanas y barcos
en el río que le va marcando a la luna
un regreso sin dios en su
cárcel de esteros.
Da ganas de gritar en la profundidad de todas las cabelleras
  y las plantas
      y la sombra de los tigres
y la perfección de los insectos
sólo para invocar a Quiroga
a un vino a tiempo
en las redes naturales del ensueño.
Acá es difícil el gris y el futuro,
quieto; se escuchan pasar todos los males
y todas las dulzuras sin que haya
jamás donde guardarlas;
la creencia general es que
“todo crece sobre la base
de un profundo miedo a transformarse en lo que amamos
y en ese momento no saber qué hacer”.



Carlos Nuñez (Buenos Aires, 1955)