martes, 6 de diciembre de 2016

1 POEMAS MÁS DE CLAUDIA MASIN





LAGARTO


Pero estoy a punto de volver a los días donde me quemaba
al sol, un lagarto comiéndose el calor,
con la boca abierta al cielo y los ojos cerrados, el cuerpo
rugoso y pesado plácidamente sostenido
en la rompiente del verano, justo en el punto
donde alcanza su máximo poder para después empezar
a declinar. Es ahí donde estoy llegando:
al tiempo en que nada había empezado todavía
a marchitarse, cuando entre los yuyos del fondo
crecía una flor salvaje y verla daba miedo y alegría,
porque era espléndida, de una belleza muy diferente
a la de las flores nacidas y criadas en el jardín,
que apuntaban orgullosas hacia el cielo pero eran domésticas,
no sabían de los montes desmesuradamente fértiles
en que los árboles de troncos deformes, los animales hoscos
vivían por el sólo placer de seguir vivos, de respirar el aire
que quedaba a salvo de la polvareda
y la sequía. Estoy empezando a sentir lo que sentí entonces,
el trueno que sacude a las criaturas
amansadas a la fuerza, el silbido en el aire
que precede a la caída de la fusta sobre el lomo, el segundo
en que empieza a cultivarse la posibilidad de la revuelta
que va a ir filtrándose en la médula, en los huesos
como un líquido parecido a una savia espesa esparciéndose
desde el corazón implacable de un árbol
capaz de resistir sin daño el ataque de los haceros.
Estoy llegando al día anterior a que empezara el desorden
y se diseminara el dolor hasta cubrirlo todo,
una ráfaga de humo espeso que entró en el alma
hasta confundirse con ella para siempre. Entonces,
justo entonces, ahí me quedo, en el momento en que supe
que llevará toda la vida encontrar la forma de  vivir
sin someterse ni hacer daño, pero que vale la pena:
ni la mansedumbre ni la violencia pueden
contra ese peso que cae sobre la espalda de todos
cuando termina el ínfimo tiempo
en que está permitido vivir fuera de la ley
según la cual lo enfermo habrá de ser salud
y viceversa. Estoy, por fin, entrando al torrente de la siesta
donde me dormí sin conocer todavía
el soplo de ese mal sobre la frente, sin temerlo.
La niñez es un temporal que pasa rápido,
y rápido hay que seguir la estela que dejó para no perderla.
Si hay algo que está intacto, tendrá que haber quedado ahí
y hay que encontrarlo: el animal
que al llegar la crudeza del invierno se metió en la sombra
después de haber absorbido toda la luz,
esa es la bestia castigada a la que hay que dejar suelta,
para que se cure las heridas sola y sola salga a correr
hasta que pueda abandonar su ferocidad y su miedo
monte adentro.


Claudia Masin (Chaco, Argentina, 1972, reside en Buenos Aires)

Fuente: "La cura", Claudia Masin, Hilos Editora, 2015.


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