viernes, 6 de abril de 2018

7 POEMAS DE RAÚL ZURITA




CIELO ABAJO


Tengo 52 años y he llegado hasta aquí porque mi
vida es vacía. La música del polaco del piso de
arriba se ha vuelto cada vez más estridente y los
golpeteos de sus zapatos siguiendo el ritmo
resuenan en el techo acompañándome. Llevo un
mes en Berlín, desde un 18 de marzo, año 2002
exactamente, en un departamento de la DAAD de
paredes muy altas, desnudas y blancas, y hace
un rato comencé a teclear estos recuerdos mientras
afuera la primavera tarda. No sé por qué lo hago.
El desierto se extiende perdiéndose en la lejanía y
el cielo del atardecer se va doblando sobre él con
una lentitud majestuosa, inmemorial, como si
nunca hubiera sido hollado por una mirada. Abajo,
las petrificadas huellas de los convoyes militares
se remarcan en el lecho reseco del río, donde los
restos calcinados de miles de camiones cisterna
recuerdan un pasado demasiado remoto donde
algo como unos seres habían vivido: mi madre
Ana Canessa, mi hermana Ana María, Josefina
Pessolo -Veli- la madre de mi madre, todos
olvidados en la arena. Diré también mi nombre
porque me desprecio y los desprecio: Raúl Zurita.









SUEÑO 130/ A KUROSAWA


Las imágenes en blanco y negro muestran un cielo
encapotado, luego a Pinochet avanzando con su
séquito en medio de pobladoras que lo avivan y
abajo, los charcos de agua y barro que se alargan
reflejando las arrasadas casuchas. Los temporales
del 74 han sido especialmente crudos y miro la
televisión entre la somnolencia. Hace meses que
me levanto apenas unas horas. Oigo el golpeteo de
la lluvia en la ventana e intento volver a dormirme.
He logrado conseguir una buena dosis de pastillas,
unos Valium que me tomo apenas despierto
para seguir durmiendo. No siempre da resultados y
entonces me quedo horas inmóvil, temblando,
hasta que de nuevo  vuelvo a sumirme en un sopor
pastoso y sin sueños. Mi madre trabaja como
secretaria y sale temprano. Entra a mi cuarto y me
deja un café que es lo primero que veo cuando abro
los ojos. Es un departamento duplex y las piezas
que sobran se las arrienda a estudiantes. Cuando
logro despertar registro sus piezas por si encuentro
dinero para comprar más pastillas. Salgo. Camino a
trastabillones entre las pozas de agua y el reflejo de
las casas de cartón y plástico se triza bajo mis
zapatos. Las nubes han comenzado a despejarse y
al fondo se ve la cordillera completamente nevada.
Un rostro luminoso, muy blanco, me contempla
mientras caigo como si aún fuera posible el amor.





¿DESPERTAREMOS ENTONCES?


P se da vuelta en la cama y busca a tientas mi mano en
medio de la soledad inconmensurable  de la tierra, de la
tierra infinitamente devastada. Le estaba diciendo que
la primera bomba fue lanzada hace miles de años, a las
8:15 de la mañana, en un día que seguramente no sería
tan distinto a este. Le decía también que ya falta poco
para que amanezca y que muy pronto despertaremos.




EL MEMORIAL DEL DOLOR


Zurita

-Poema de amor-

Y aún no amanece y no puedo parar
de llorar; de llorar primero por ti
que te enamoraste de un viejo con
Parkinson, y después llorar por las
que me tomaron de los brazos para
que no me fuera y o también
lloraba como cuando era niño pero
igual me fui viejo culeado que no te
dio la pana ni para matarte y siempre
optaste por ti egoísta de mierda viejo
conchadetumadre paloma arrancá,
arrancá palomitay que no te conviene.





                                             Corte. Y entonces







Zurita

-Poema de amor-


Y aún no amanece y estás despierta
o durmiendo, pero me llamas entre
sueños pensando que quizás he
salido. Esta vez me había tomado
del abrigo reteniéndome y el mayor,
de poco más de dos años, también
me tomaba de los pantalones y se
reía porque creyó que jugábamos y
después lloró.
Miro y estás entre las sombras. Han
pasado treinta y cuatro años. Él se
ríe sujetándome de los pantalones
y es tan pequeño, es tan pequeñito.




                                                 Corte. Y después






Zurita

-poema de amor- 


Y aún no amanece y yo siento mis
lágrimas correr por mi cara y son
como cuchillos cartoneros las
lágrimas cortándome la cara. Me
hiero y me desangro y mi sangre
está repartida por todas partes
como si me carnearan. Sobre
todas las cosas, en todas las cosas
y yo no puedo, no tengo corazón,
no tengo fuerzas, no tengo valentía.
No es nada ¿sabes?
                                    Duerme
entonces niño, que el mar duerma,
que la inmensa desventura duerma.




                                         Corte. Y entonces






Y al frente, el océano había comenzado a recogerse
como mi cuerpo muerto ya abandonado por el tuyo





Raúl Zurita  (Santiago de Chile, 1950)



Fuente: "Zurita", Raúl Zurita, Ediciones Universidad Diego Portales, Chile, 2011

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