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martes, 14 de enero de 2020
2 POEMAS MÁS DE JORGE CHIESA
3
Me quedé mirando una botella
mantenerse a flote y derivar
en el agua silenciosa de la laguna
mientras buscaba palabras duraderas
antes de nombrar las cosas
pero también para mostrarte que a veces
hay dignidad y belleza
en las cosas que se abandonan.
Que no sea viento, me pediste,
quien decida.
Pero cómo hablar un lenguaje
más resistente que nosotros,
que el vidrio de una botella
cuyo único mérito consiste en saber flotar
y estar vacía.
8
La boya de color rojo
flotó toda la tarde entre los juncos,
alargados y verdes,
mientras el pescador esperaba verla hundirse,
verla desaparecer.
Quién no ha deseado
después de años de sequía
ser arrastrado hacia lo profundo
por una fuerza invisible.
La vista fija,
castigada por el reflejo
del sol en el agua,
y aun así
a la espera de un acontecimiento,
de una ilusión.
Porque algo hay que mirar.
No hablo del momento cruel
del pez colgado por la boca
sino lo que pareciera decirnos
la modesta lección del ojo
en su silencio y desnudez.
Jorge Chiesa (La Plata, Argentina, 1969. Reside en Mar del Plata).
Fuente: "Las Nubes", Primer Premio Poesía 2018 Concurso Nacional del Cuento y Poesía Adolfo Bioy Casares, Editado por el Municipio de Las Flores, 2019.
miércoles, 20 de mayo de 2015
7 POEMAS DE JORGE CHIESA
UN INVIERNO RUSO
1
Desde el colectivo en movimiento
se queda mirando un pueblo
llamado Coronel Vidal.
Sea de día, sea de noche,
nunca nada se mueve
en esa clase de pueblos.
Nadie alzando la mano,
invitándolo a bajar.
Ningún gesto de amparo
en medio de tanta
desolación.
2
A lo mejor quiero decir la imagen sesgada de un pueblo
viviendo solo en la llanura,
o de unas pocas almas viviendo una vida de pueblo:
casas de ventanas y puertas abiertas
de gente que barre la vereda bajo la luz tenue
o anda en bicicleta al ritmo de los perros.
A lo mejor quiero decir todo eso
en el ojo de un observador que se desplaza,
durante todo un invierno entre dos ciudades,
tironeando entre lo que se posee
y no se posee.
7
Al principio son pequeñas diferencias
fisuras, si se quiere, de la trama,.
Luego peleas que,
como desperfectos de la tela,
atentan contra la vida
tejida en común.
Entonces eso que llamamos familia,
ese lugar, se desgarra.
De pronto la separación equivale a la distancia
que una de las partes debe recorrer
para arribar al desencuentro
de su pasión.
13
Hablo de cerrar los ojos y sacarse las ventosas
de la cabeza.
De tomar vodka y dormir envuelto
en pieles de oso
durante todo un invierno,
esperando la primavera pero sintiendo
que hay nieve por todas partes.
Nieve en las manos,
en las axilas,
nieve en los ganglios.
Fecunda,
silenciosa nieve cayendo
dentro de uno.
14
Soñar con un plato de comida y una cama
luego de un trabajo pesado
es todo lo que pido.
Dormir en el interior de un iglú,
junto al calor de los rescoldos.
Pasar una temporada aprendiendo de los esquimales
que viven en casas idénticas y encienden un único fuego.
18
Cada vez que paso por un pueblo como Vidal
me pregunto si realmente estaría dispuesto
a bajarme justo en ese sitio
y nunca llegar a destino.
Hacer de cuenta que yo también
soy pasajero en extinción,
pariente lejano del gran Wakefield.
Me pregunto si eso sería posible:
bajarse en un pueblo en medio de la nada,
en busca de casa, manta o piel,
donde envolverse y simplemente
desaparecer.
20
Internarse en ese bosque
y juntar unas cuantas ramitas,
cortezas, astillas de pino seco.
Una tarea para la que sólo se necesitan
ojos, manos y piernas.
No es poco, claro,
tener ojos, manos y piernas.
Poder internarse en el bosque,
encontrar unas cuantas ramitas,
cortezas, astillas de pino seco.
Jorge Chiesa (La Plata, Argentina, 1969. Reside en Mar del Plata)
Fuente: "Un invierno ruso", Jorge Chiesa, Olmo Ediciones, 2012.
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